La magia de Brandi

Una pizza margherita, per favore”. Acompaño el pedido con un gesto: las yemas de los dedos de la mano derecha juntas, hacia arriba, a la altura de la cara, delante y detrás repetidamente. El camarero, vestido de blanco, me mira con cara de ma che cosa fai…

Cuando visité la pizzería Brandi, en Nápoles, tuve la intención de representar la triste escena anterior, pero el lugar no merece tal afrenta. Y eso que me pasé todo el viaje al país transalpino añadiendo íes al final de cada palabra. Spagnoli e italiani, fratelli. Lamentable pero cierto.

Tan lamentable como ir a Nápoles y no pasarse por Brandi. Y ya que estás en la cuna de la pizza margarita, no te vayas a pedir una quattro stagioni, por Dios. Las pizzas de aquí son de masa fina y crujiente; bien untadas con aceite de oliva; la mozzarella se alarga lo justo, no como ese queso-chicle que desespera. Muerdes un trozo en tu mesa, andas cien metros y la tira todavía no se ha roto.

Cortesía de TripAdvisor

Brandi tiene historia. En 1889 el propietario de esta pizzería, que por aquel tiempo se llamaba Pietro e basta cosi (Pedro y basta así –magnífico nombre), fue llamado al Palacio de Capodimonte para que preparara unas pizzas. Servicio a domicilio puro y duro. Rafaelle Esposito las confeccionó “con todo el celo y toda su ciencia”, según escribió Michele Parise para Il Mezzogiorno en 1929. A la reina Margherita de Saboya le gustó la que llevaba tomate, albahaca y mozzarella (los colores de la bandera italiana). A partir de ese momento, cada vez que se pedía una pizza con estos ingredientes, el camarero de Brandi ordenaba a la cocina una margarita. A ninguno de los soberanos les moló la de piña.

A Silvio también le gusta la pizza margarita.
Fotografía obtenida en wwww.brandi.it

Brandi tiene magia, seguramente porque tiene historia. Se encuentra en una pequeña calle cercana a la Piazza del Plebiscito y su distribución es curiosa. A un lado está la recepción, la cocina y el horno. En la otra acera se ubica el salón, en cuyas paredes blancas cuelgan multitud de cuadros. No es grande pero tampoco es pequeño. Es cómodo, mágico, y más cuando un violinista inunda de melancolía la sala. Le di dos euros y le hubiera dado un abrazo si no fuera porque la pizza y la fritura romana necesitaban mi completa atención. No es un sitio caro, tampoco tirado de precio, pero merece la pena solo por poder decir que estuviste donde se inventó la pizza margarita.

Fotografía obtenida en http://www.brandi.it

Otro día os cuento cuando pedí unos “spagueti a la vongole e aqua senza gas, per favore” en la terraza de un ristorante frente al Jardín Botánico de Nápoles.

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